jueves, 30 de mayo de 2013

Shakira: pasión, dolor y traición
Oscar Sánchez Madan
Cidra, Matanzas
Alain era su nombre, aunque le llamaban Shakira, por su condición de travesti. Para él la prisión no fue nunca un obstáculo que afectara sus relaciones amorosas, -o más bien sexuales-, porque en ellas, de amor, había poco. Los guardias del penal lo utilizaban como confidente y a cambio, le permitían vivir, en el destacamento (galera) o en una celda de “seguridad”, junto a su pareja.
Sus 24 años de edad, les habían enseñado lo dura que era la vida de un homosexual en la Cuba comunista. “Desde que me inicié en el ambiente no he cerrado las piernas, pero tampoco la policía ha dejado de perseguirme”, solía decir, al referirse al medio en que se desenvolvían los integrantes de la comunidad LGTB (Lesbianas, Gays, Travesti, Bisexuales) y la represión oficial de que eran víctimas. Tenía el muchacho un complejo de inferioridad que alimentaba su egocentrismo.
La prisión Combinado del Sur, en Matanzas, era entonces, su nueva residencia. El cubículo (celda) donde dormía, junto a otros 11 presos, se mantenía siempre muy limpio. Porque eso sí, a Shakira le gustaba mucho la higiene. Cuando limpiaba derrochaba la poca agua que los militares les suministraban a los confinados; por eso con frecuencia, discutía con ellos.
Un buen día Alain le contó a un recluso, que desde la temprana adolescencia, ya se sentía mujer. Ese era, por aquel tiempo, su mayor secreto. Nadie debía conocerlo, mucho menos su padre, que pertenecía a la secta abakuá, cuyos integrantes no admitían en sus filas, a personas de la comunidad LGTB.
Nunca se aterrorizó tanto -le decía al prisionero-, como la noche en que su progenitor lo sorprendió cuando besaba, como una prostituta desesperada, a su “amante” Carlitos, el joven de 26 años, a quien entregaba el dinero que le pagaban los turistas extranjeros, -sus clientes-, por sus favores sexuales. “El viejo, nos vio en plena calle San Rafael, (bulevar habanero). Al percibir el espectáculo, se irritó tanto que, con inusual rapidez, sacó un cuchillo me marcó para toda la vida. Aquí están las cicatrices” indicaba.
No logró comprender, Alain, cómo era posible que su propio padre lo hubiese tratado como a un enemigo, por el simple hecho de amar a alguien. Tampoco entendía que muchos de los mejores amigos de su vida escolar, le hubiesen dado la espalda. El muchacho odiaba con todas sus fuerzas a los comunistas. Por su abuela materna sabía que fueron ellos quienes desataron una feroz persecución contra los homosexuales, durante las primeras décadas del denominado “Proceso Revolucionario”.
Ahora estaba Alain en una horrible cárcel. Extinguía una sanción penal de un año de privación de libertad, por supuesta vagancia habitual. No había cometido delito alguno, pero lo arrestaron y le aplicaron una medida de seguridad, por sus vínculos con turistas extranjeros.
Pero no le iba tan mal como esperaba, los servicios que prestaba a los oficiales de la Dirección Técnica de Investigaciones, le permitían “hacer el amor”, cuando lo deseaba; visitar la posta médica, sin problema alguno; adquirir doble ración durante el desayuno, el almuerzo y la cena y llamar por teléfono a su madre, y a los enamorados que dejó en la calle, quienes con sus conversaciones eróticas, más bien prosaicas, lo divertían mucho y le hacían sentir placer.
Debía cuidarse Alain de aquellos reclusos, a quienes había traicionado con sus informes a la policía. Uno de ellos, El chino, que fue trasladado a la prisión matancera de Agüica, al descubrirse cómo sobornaba a los gendarmes, había dicho y reiterado, que “lo mataría como a un perro, por chivato”. Este era un preso que fue condenado por asesinato.
Shakira gozaba con sus “decenas de enamorados” en la prisión, aunque sabía que tarde o temprano, bajo confinamiento, o en la calle, pagaría por haber delatado al Chino, uno de sus más grandes amores de antaño. Sin embargo, no quería pensar mucho en eso, por el momento. Él era el travesti más reconocido de Centro Habana, al menos se lo creía. Aunque había otros que también utilizaban ese seudónimo y eso lo irritaba.
Más, Alain quería vivir con pasión, el presente, aún dentro de la prisión, y gozar, hasta tanto le llegara su hora. Si muchos hombres no lo habían comprendido, incluso sus mejores amigos, ¿por qué tenía él que serles fiel? Así pensaba aquel joven, a quien los militares del penal, usaban como un viejo y oxidado instrumento, sin importarles lo que sucediera con su vida.
En cierta ocasión, cuando un preso, amigo del travesti, vio a un primo del Chino, llegar a la prisión, junto a otros internos, -que fueron trasladados desde la prisión de Agüica-, sólo se atrevió a exclamar, en voz baja: ¡Pobre Alain!
reportasincensuracuba.blogspot.com

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